Un tranvía llamado deseo
Sobre raíles anda suelto el deseo. Le ha surgido el dilema que lo pausa entre Siberia y el fin del mundo. No sabe lo que quiere. Morir o desear morir. Si desea morir qué lujurioso placer, qué escandalosa fricción. Viviría para siempre con ese deseo, con la muerte a su lado para ver la lontananza virar, a las montañas dejar atrás. Pero morir, simplemente morir. ¿Y sí no quiere desear más? Dejarse morir sin excitación. Morir sin desear, aquello sería su alivio.
Probó durante siglos la ausencia de deseo, la castidad absoluta. Desaparecieron los tranvías que recorrían las selvas y los lagos más secretos, todo se dejó al azar del instinto. Espero mucho tiempo escondido y jamás llegó a morir, ni notó el aliento que rompe el etéreo del alma. Esperar la muerte es otra señal de desear la muerte. Así lo pensó tras largas filosofías.
Volvió a construir raíles, a visitar destinatarios y remitentes de cartas, a transportar sabanas y encuentros, llevó besos y fiebres, sexo y placeres. Le gustó aquel nuevo invento de si mismo, el hombre. En su ausencia la naturaleza lo echó de menos, pero ellos eran distintos. Se dio cuenta de que los hombres morían sin más. Cuando ni siquiera lo deseaban. Al contrario, ellos deseaban no morir. Se contagió de angustia, no soportaba más el placer de la primavera ni la marea del aire bajo el devenir de las águilas. Ni su antojo de manzana prohibida los domingos de cada génesis.
Odió todos sus deseos, se negó a sí mismo. Pero seguía sin desaparecer, ni la muerte más salvaje de la selva hindú ni la más blanca expiración del polar ártico, todo era inútil. Fue deseando más y más la muerte, la deseaba tanto que nunca estuvo tan lejos de ella. Cuanto más la deseaba más viva era su locura. Regentó los peores bares, se llevó a Rimbaud a visitar África. Y bajo los efectos del peyote se olvidó de él. Se olvidó de muchos, nunca se acordaba de volver. Se trastornó, transformó sexo en enfermedad e inventó la carta eléctrica. Se le fue de las manos, dejó que por sus railes llevarán muerte y destrucción, fanatismo y orgullo.
Cada vez se le vio menos visitar al oso polar. Dejó sus railes por ahí, alrededor del mundo. Algunos dicen que ya no está, que por eso chirrían los raíles cuando el tren se va.
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- Mayo 30, 2009 / 12:16 pm
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