La pastelería abre a medianoche, la tarta y mi fiesta de despedida.
Me paso las noches viendo Friends y tomando cantidades industriales de Chocolate Kinder. Kinder es niño en Alemán por si alguien no se lo había dicho ya. Seguro que yo sé algo que usted no. Si, usted, enfermera de nombre extravagante. Natalia quizá, o mejor aún, Natalie. Una vez conocí a una Natalie, bella francesa. Supongo que es usted una enfermera polaca que estudia la poesía francesa del siglo XIX. ¿Y sabe usted lo que seguramente no sabe? Que en Alemania Kinder Maxi no se llama igual que aquí, Murcia. ¡Se llama Kinder Riegel! Puede ser aún peor, tal vez en otros países tampoco se llame así. Además, tampoco sabe exactamente igual. Aunque eso es como la Coca-cola. Pedid una Coca-cola en Marruecos y ya me contaréis. En Rusia igual, sabe bastante peor. Incluso en Francia sabe diferente. Y en la misma España, aunque eso ya es cuestión de envases. No es lo mismo una Coca-cola de Mc. Donalds que una de lata, ni una de lata que una de cristal. Y efectivamente, la más buena es la que envasan en cristal. Supongo que ustedes (y en especial tú, Natalie) habrán notado lo mismo en el paladar. Soy bastante anti-pepsi, cosa rara porque es de fama que los “indies-alternativos-ecologistas-que-van-de-guays-y-tienen-gafas-raras” digan que les gusta más la Pepsi, para ser aún más alternativos o porque realmente es así. Pero no, yo odio la Pepsi. Me parece un intento patético de un sabor genuino y totalmente americano que ostenta un color rojo muy bonito y con una preciosa tipografía titulada Coca-cola, y joder, si ha de levantarse un imperio capitalista solo para que siga existiendo, ¡por mi encantado! Ni Meca-cola ni cola del Mercadona. O Coca-cola o ninguna. A muerte. Aún así por las noches no me las paso tomando Kinder con Cocacola. Suele ser ritual que sólo tome Kinder con agua. Me gusta mezclar el chocolate con un trago de agua y saborearlo en la boca. Es algo extraño, pero me sabe mucho más jugoso y se hace más pastoso, se queda por debajo de la lengua, al borde de las encías y en el filo del paladar. Su sabor se unta por toda la boca como un beso húmedo, una lengua de chocolate deshaciéndose mientras emprende una lucha contra mi dentadura y entonces llega el océano por su espalda y termina ahogándola entre los rincones de mi cueva marina. Y hasta que no me lavo los dientes al día siguiente, aún percibo el sabor en el extremo de mi garganta. Lo confieso, soy un adicto al chocolate.
Dice el psicólogo que es por falta de serotonina. Entonces yo le digo ¿y qué es la serotonina? Y él me contesta, lo que te hace feliz. Es curiosa la estadística inexistente pero obvia de los casos genuinos que se producen en personas relativamente infelices. Cuanto más infeliz eres, más curioso eres. O más te gustan las gafas raras (yo tengo unas gafas de sol raras. Por desgracia Dios no me quiso hacer miope para lucir mi intelectualismo). Ahora alguno dirá: “Pues yo soy muy feliz y muy curioso y miope”. Tal vez, pero además eres un prepotente. Tócate los cojones.
Yo no soy perfecto, lo supe cuando un veinte de abril de hace mucho, mucho, mucho tiempo atrás me rechazo la primera mujer con la que intente pedirle amor. Tendría yo cuatro años y estaba en la guardería, yo estaba fijado pero ella estaba fijada en otro chico de pelo largo y músculo en pecho (si, creedme, recuerdo perfectamente que tenia pectorales). Y una vez, cuando teníamos que dormir la siesta, yo me acerque a su litera y ella me dio una bofetada. Lo más gracioso de todo es que ese chico de pelo largo y pectorales nunca se mostró interesado en ella, lo que al mismo tiempo le partía el corazón a ella. Ya en la guardería pude apreciar lo que sería la historia del amor desde que existe la poesía, puede decirse que aquello fue mi guardería del amor. Y la primera vez que me dijeron no a algo.
Por eso me paso las noches viendo Friends y comiendo cantidades industriales de Chocolate Kinder. Que era el tema principal y me he salido totalmente de él. Para poder escribirlo luego y desmontarlo en prosa para ti, Natalie. Quería decirte que me paso las noches viendo Friends, son diez temporadas y voy por la quinta casi terminándola, me da miedo porque llegará el día que termine y sólo me quede volver a verla en versión original subtitulada. Ya no será lo mismo y tú no llegarás. Solo me quedará inyectarme al niño en la vena y sentir su chocolate en las paredes de mis arterias. Y para acompañar cogeré poco oxigeno para ahogarme en su efecto placebo de chute de serotonina. Puedo decirlo de mil maneras, puedo incluso no decirlo de otras tantas mil maneras. Puedo utilizar a Friends o al Kinder como conducto, pero al final es siempre lo mismo. Quiero utilizar mi derecho a ser imperfecto y desearte. Mi derecho a buscar el beso, y mi absoluto derecho a buscar la serotonina en tu libido. Mi derecho a repetir derecho tantas veces como quiera, y mi derecho a ser tan asquerosamente pasteloso. Me corro cada vez que escribo, sea la mierda que sea. Amen por eso, hermano.
Empece esto realmente cuando viajé a Francia, hará diez meses. No conseguí nada allí pero prometí volver para conseguirlo. Ahora lo he conseguido desde aquí y vuelvo para terminar lo que intente empezar. París me espera por un motivo u otro, realmente ya no recuerdo cual. Una vez empece un libro para gafapastas, se llamaba la Rayuela y trataba de las peripecias de unos inmundos personajes en París. Nunca llegue a terminar ese libro, estaba lleno de notas de la chica que me lo regalo. Notas que cuando estaba con ella yo me alegraba de descubrir a cada nueva pagina que leía, y creedme, había muchas notas, incluso secretas y escondidas que debías encontrar. Una chica que merecía la pena, ¿quién se tira escribiendo notas en un libro por todos los rincones y señalando los pasamanos y los vértigos que merecen la pena? Pero aquello termino como todo en esta vida. Gandhi muere, los indios se independizan, guay, sí, pero luego crean sus guerras y sus odios vuelven a crecer, Gandhi muere. Gandhi siempre muere. Siempre hay un Gandhi muriendo en cada etapa de nuestra vida. Él pensaba que al final el bien siempre salé triunfando, que si lo miramos con perspectiva, los tiranos siempre acaban derrotados. Oh mi pobre y perfecto Gandhi (se le pueden atribuir muchas imperfecciones, pero creedme que en este caso lo imperfecto es mera burocracia del sentimiento humano). Gandhi es un ser perfecto. Los tiranos se van, el “bien” suele “volver”. Pero los tiranos también vuelven, y las masas vuelven a caer. Y la estupidez humana es la jodida obra maestra de la humanidad. Seguramente somos el cuadro de Dios más admirado de los alienígenas gafapastas, estamos en una galaxia equivalente a una sala de exposiciones de arte bizarro y underground, somos lo más in del pop sideral. Nuestra estupidez es un arte lleno de posibilidades interactivas. Muy divertido. Siempre hay un Gandhi muriéndose y una masa imberbe que jamás estudia la lección aun tratándose de sus vidas. Así es como murió nuestra relación, porque somos idiotas todos y nos gustan las historias enrevesadas y los cuentos con bestias que en realidad luego tienen que ser bellos. Todo tiene que tener un misterio, una razón preciosa de la bestialidad injustificada. En el fondo muchos creemos, en nuestra imperfección, que hay belleza detrás de la bestia. Amados míos, lo que separa la bestia de la belleza, es justamente la inteligencia. Un bien escaso, a cuentagotas fingidas detrás de la pasta, de color alegre y divertido para estar a la moda, de unas gafas horteras. Porque somos alternativos, somos superiores a la bestia. Somos mejores que los gárrulos de Cieza. ¿Me equivoco?
En realidad somos de una pasta peor que la mierda. Gafamierdas, quizá seamos la cúspide de una pirámide bastante curiosa. Tal vez los Emorrides o los Emoglubinos estén muy por debajo, incluidos algunos hippichis o perro-flautas, tal vez, tal vez. Pero es la cúspide de una pirámide de vomito y sésamo de carroña vaterriana. Me dan ganas de romper mis preciosas gafas de sol que colman mi individualidad como ser excepcional e imprescindible. Disculpen mi lenguaje, soy joven y me va la ironía cortante, peligrosa e imprudente. Pasarán los años y volveré a leerme, entonces diré lo tonto que era y esas cosas que se acaban adhiriendo a la piel mientras recoge arrugas y bolsas de sabiduría. Lo que muchos no sabrán es la metaironía que se está ejerciendo aquí. Es un relato mas de una opinión ajena a mí, aunque pertenezca a mí. Difícil de entender, pero me gustan las “sociedades criticas, laicas, absolutamente rebeldes”. Quizá por eso me pasó las noches atiborrando mi deseo con niños rellenos de deliciosa leche, y con sólo el diez por ciento de cacao. Viendo Friends a espensas de dormir o de soñar con mi infelicidad. Porque dicen que de París vienen los Kinder (os lo pongo en cursiva para que todo el mundo de la pirámide carroñera pueda captar el muy gracioso y brillante juego de palabras que he creado). O realmente no. Seguro que no. Tal vez sea por mi ilimitado sentido del romanticismo. O, siguiendo la hermosa historia de amor sobre las notas de mi libro inacabado, quizá sea para terminar en París la historia en vivo de la Maga y mi libido. Ya que esas notas que ella me escribió con todo su amor declarado y sin declarar (luego es una lata tener que pagar ciertos intereses en Hacienda), se convirtieron al son de un maleficio en runas protectoras que impedían la lectura total o parcial del libro. La Rayuela. Un libro condenado a la no-muerte. Un libro vampiro por el resto de mis días como amante compulsivo. Llegará el día que se rompa la maldición, tal vez, esto no es imposible. En el mundo de los libros-vampiros es posible llegar a morir y “ascender a los cielos”.

Necesito saberlo, es una palpitación asonante, un asterisco en mi pulso. ¿A qué me llama París? Será la foto de mi padre y su autentico estilo setentero bajo aquella instantánea de bohemia anticuada. ¿Será eso? ¿Será la mujer que posa a su lado y que no es mi madre por la que siento una curiosidad paralela en el tiempo? ¿Estará allí mi sustituto al chocolate? ¿Estará mi instantánea esperándome justo en ese enclave y ese ángulo bajo ese blanco y negro? Tendría que buscarlo bien, en una baldosa coja. Un secreto de treinta años custodiado por hormigas que una vez adoraron a mi padre por salvarlas de la lluvia. ¿Fue acaso alguna vez mi padre un ser que mereciera la pena? En esa foto realmente parece un héroe de hormigas. Me atrevo a imaginar que en las cloacas de París tienen retratos de él todas las bestias que fueron salvadas de la belleza humana. Lo que ocurrió fue que un semidios verde le robo el alma en esta foto y quedó lo que ahora veo yo en mi cámara personal. Puede ser en que en París esperen aún esas hormigas agradecidas y me resuelvan parte del misterio, aunque el alma de mi padre quedará para siempre encerrada en un álbum de fotos.
Natalie, ¿estás allí? Dime si te apoyas sobre una de las cuatro columnas de la Torre Eiffel y cabizbaja miras en tus pies risueños la respuesta al rumbo del viento.
Conoces el tacto del feroz metal, y sueñas con ser parte del oxido que se cuela en los tornillos de la estructura del amor. Quieres acabar con París, estás cansada de soñar París. Quieres fundirla y hacer una parrilla, harta “quieres ser beata, santa” y arder como heroína del desamor. Natalie, si pudiera fundir igual mis venas y mezclarlas con el Sena y tu mirada de solsticio. Te regalaría mi corazón de latón cortado y pegado con latas de coca-cola. A vidrio sabría mejor, pero me da miedo que se transparente mi inmadurez.
¡Cuántas cosas han pasado en diez meses! Ahora vuelvo, muy al contrario de lo que escribí la primera vez que fui, con permiso de conducir y un contrato de trabajo. Aún así me sigo notando tintineante, fugaciestrellado y electropausado, ¡pero qué diferente tonalidad han cobrado esas palabras! ¿Llegaré a París, la ciudad de las luces? Donde siempre he soñado ir, donde he fijado mi felicidad desde hace tiempo. Ya casi no me importa. Casi. Sé que llegaré de todas formas. ¿Pero sabéis realmente qué? Lo he estado pensando, sí, muy profundamente. Creo que tendré la absoluta certeza una vez consiga París: En realidad yo siempre soñé con una granja en África. Y he llegado a una mini-conclusión: La felicidad -y aquí entono voz grave y de anuncio publicitario- hay que buscarla siempre con la brújula estropeada. Sino Gandhi morirá igualmente como suele suceder y yo seguiré comiendo demasiado chocolate.
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- Published:
- Abril 15, 2009 / 3:41 am
- Category:
- Bizarre
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