Con hombreras y pitillo

Desfilaba con hombreras y pantalones de pitillo, con su gorra de sueños y aire. Buscaba el amor tostado encendiendo un Ducados, le gustaban morenas y de ojos ardientes. Llegaba a colmar las cañas de un vacío rubio y espumoso, jamás se dejaba su cerveza a medias con el primer trago. Algunos del barrio lo llamaban Johnny Trago, y reconozcamos algo, a Juan le gustaba aquel nombre aunque lo intentara desdeñar con su neblina de tabaco y sus caladas místicas.

Su vida era un sueño encasillado, un laberinto que no buscaba ser resuelto. De joven dejó los estudios y se aventuró en un grupo de música, a conseguir fama y chicas. Como tantos otros jóvenes de la época que hacían honor a ese titulo. Le encantaban los sintetizadores y tuvieron un éxito, un single que aún recuerda de memoria en el teclado.

Algunos cayeron por el camino, la juventud les paso una factura que no pudieron pagar con un sólo single. Él siguió practicando en su garaje con su pelo romántico y su rubia caliente enlatada en packs de doce. En la guantera de su coche guardaba casetes de Gary Numan como si fueran pistolas, iba a sus turnos de noche en la fabrica de papel bajo las estrellas de su destartalado Ford escuchando poesía electrónica. Pensando en nuevos temas para su próximo éxito. Lo llamaba música estelar con una mueca melancólica. 

Detrás de su piel enrojecida y cicatrizada y su barba descuidada, aún le quedaban gestos de artista fracasado. Y cada noche veía las estrellas electrizantes, vaporosas y fulgurantes, excitadas con la música que Johnny Trago imaginaba para ellas debajo de las chimeneas industriales.

En algún momento murieron los ochenta, no como década ni tiempo, en algún momento las estrellas sólo tiritaban para Johnny a ritmo de sintetizadores. Y todo lo demás murió salvo las drogas, que ya no sirven para nada. O nosotros ya no servimos para ellas. Aún frecuenta el mismo bar con diferente gente, los chicos ya no le llaman Johnny Trago ni le hablan. Ahora nadie lleva hombreras y sí botas pesadas, a los jóvenes de ahora nos gusta más pisar el suelo que llegar al cielo. El loco de la barra con la chupa de polipiel y su rubia vacía es todo lo que queda.

 

Gary Numan, Cars.


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