La plaza fluía al hedor de las alcantarillas. Las losas negras danzaban mis pies y me dije no volver a ponerme esos zapatos nunca más, una vez más. Pero son mis zapatos favoritos, especialmente cuando el chubasco ennegrece la piedra del muro de los Apóstoles y la catedral llora desde sus ojos dorados, amenazada porque va a correrse el maquillaje. Está mucho mejor con el maquillaje descorrido, desvanece así toda su belleza dorada y se contempla tal cual es, una torre solitaria, colocada por el espíritu santo y rodeada siempre por sus cuatro camellos en sus cuatro esquinas. De semblante oscuro, perforada una y otra vez por tatuajes católicos de niños obesos y lenguas muertas, casi podridas.

Me la quede contemplando esperando a verla desvanecer cansada quizá de estar tanto tiempo de pie. Sin el maquillaje se le notaban las ojeras, y aunque la hayan pigmentado para que no se note su adicción a la mala vida era difícil ocultar ciertas facciones que le daban redondez a su personaje, la realidad era mil veces mas bella que su sacra pureza.

No importaban los pies calados ni la camisa empapada, el paraguas no era tan original como para llevarlo y la similitud con la catedral era gratificante. Muy original debía ser un paraguas para ponérselo a una catedral sin que parezca ridículo. Y en los rituales no hay excusas. Todo debía ser perfecto hasta el mínimo detalle sin importar los factores externos. Eran las cinco menos diez.

La preparación tarda un día hasta que llega la hora del ritual.

El cuidado en la elección de los símbolos, sombrero verde y pluma amarilla, un guante a medio salir del bolsillo de la gabardina granate. Pantalones de bandas negras y blancas. Y los zapatos.

El movimiento de los pantalones es semejante al de una cortina cuando entra corriente, pero ese día llovía y estaban mojados por la parte baja y en vez de volar, los bajos de mi pantalón también lloraban.

El guante resbalaba del bolsillo hasta que a la tercera caída de mi paso decidido se suicidó en silencio para perderse en la eterna huella de las calles. La pluma cayo ante la fuerza de una gota y abandoné el sombrero en algún asiento de tablas de madera. Imaginé que era ridículo llevarlo mojado, e impropio para el ritual llevarlo en la mano, dejando libre solo una y limitando bastante la ejecución. Aquello no era posible, no era viable. Al fin y al cabo los símbolos son como las cruces en una misa, crean atmósfera pero es el sacerdote y los fieles quienes toman la palabra. El pan y el vino si lo teníamos.

Eran las cinco menos dos y yo ya había llegado, ciento veinte segundos exactos para comenzar. No tenía miedo, la hora realmente tampoco era importante. Una contemplación del fenómeno, más que parte del fenómeno en si. Una linea trazada al azar para que nuestro encuentro sea en el mismo punto. Era un ritual que no podía dejarse al azar, o quizá sí. Pero lo que menos queríamos era prolongar un azar que posiblemente falle, ese detalle no era permisible. No importa morir luego o pillar un resfriado, no importa no saludar o no parar a ayudar a una anciana. Ni siquiera importa no contestarles, ni empujarles. Atracar bancos o robar un coche para llegar. La cuestión era llegar. Nada hay más sagrado.

Ni catedrales ni aguaceros impidieron que yo estuviera allí, tal como me dijo ella. Siguiendo el ritual, hoy a las 5. Los zapatos que le gustaban una vez más en la lluvia y el pelo empapado. Ella flotaba sobre el agua. Pero mis labios estaban mojados y eso le gustó. Le gustaba llamarlo ritual, pero a mi aquello me parecía cualquier cosa menos una misa, más hermosa que las catedrales.

Me pasaron este correo hace unos días y me parece tan bueno que quiero compartirlo. El texto es de Quino, creador de Mafalda.

Se debería empezar muriendo y así ese trauma está superado.

 Luego te despiertas en una residencia mejorando día a día. Después te echan de la residencia porque estás bien y lo primero que haces es cobrar tu pensión.
Luego en tu primer día de trabajo te dan un reloj de oro.
Trabajas 40 años hasta que seas bastante joven como para disfrutar del retiro de la vida laboral.
Entonces vas de fiesta en fiesta, bebes, practicas el sexo y te preparas para empezar a estudiar.
Luego empiezas el cole, jugando con tus amigos, sin ningún tipo de obligación, hasta que seas bebé. Y los últimos 9 meses te pasas flotando tranquilo, con calefacción central, room service etc.    

Y al final abandonas este mundo en un orgasmo.

Esperada entrega de mi querido diario. ¿Por qué ahora? Pues puede que sea por el concierto que me dieron los R.E.M. el Martes, pero no totalmente. Si no por la alucinante y disparatada, soberbia y encantadora, inigualable y esplendorosa primera clase del Taller de Escritura que el Miércoles, durante tres horas inesperadas, estuve dando. 

¿Cómo describir aquello? Algunos conocéis mis sueños locos, como esos de empezar a conocer a alguien famoso del tipo Pocholo y desde allí subir escalones hasta acabar conociendo a David Bowie. Hay una teoría sobre eso y es posible. Con cualquier famoso que pilles, hasta se puede hacer con la Támara que nunca cambió. O mi capacidad para en cinco minutos viajar a mi granja de Africa, tener una aventura con una leona en celo, coger el avión en Tanzania después del safari y llegar desde allí a Hong Kong para esconderme en la ciudad nocturna y entre alguna de sus luces de neón besarme con una sombra de tacto agradable, después comer pez globo, coger el tren y cruzar en transiberiano toda Euroasia hasta llegar a Paris y mojarme los pantalones hasta las zancas, pasar por el barrio latino para tomar el pan recién hecho junto al olor de la lluvia, escuchar un recital francés de una poeta polaca y coger prestado L´être et le néant de Sartre, leérmelo dos veces y devolverlo puntual con cinco minutos de antelación, llorar palabras en la tumba de Chopin (lease Chope), pillar el Talgo y cruzar Francia saludando a mi hermana por la Provence hasta llegar a Madrid, rodear todo el Rastro y encontrar El Libro, abrirlo siguiendo el ritual por cualquier pagina y leer la primera linea que se cruce con mis ojos. Llorar, luego reír cinco minutos la gracia por la que estoy llorando y después buscar unos columpios en Madrid (tarea ardua y complicada, os lo aseguro), columpiarme otro tanto de cinco minutos acabando con cinco minutos de antelación, pillar el tren despuntual para salir pero muy puntual para llegar, con cinco minutos de antelación para recuperar mi tiempo perdido con la risa, y justo después de llegar a Murcia columpiarme en el primer parque de Agatha Ruiz de la Prada que encuentre para volver a donde estaba exactamente cinco minutos después de irme. Lo que se dice un viaje que luego no puedes contar porque difícilmente te creen. 

Pues imaginad eso y que ahora yo os diga: Es mucho mejor.

Es una razón más que suficiente para quedarme en Murcia hasta Mayo, y eso es muchísimo decir para mi. Y por mis muertos que no lo haré, pero si por mi fuera sería feliz quedándome los dos años siguientes hasta completar el Taller. Pero todo puede ser. Nunca sé conmigo mismo que puedo hacer. Mañana quiero ser astronauta y quizá cinco minutos después quiero ser esclavo, pero como viene la hora adelantada según el reloj del ayuntamiento luego vuelvo a querer ser astronauta y para cuando dé la vuelta a la luna me diga que de mayor deseo ser arqueólogo con licencia de armas, incluidas piedras grandes y arcos de tiro.

Hay tantas pequeñas maravillas en esa perfecta sala cubica de cristal decorada con motivos acuáticos al fondo de la biblioteca justo detrás de la sección infantil. Pero tantas, tantas. No hablaré de los personajes, porque ellos no son personas, son personajes. Y no en el sentido despectivo, sino todo lo contrario. Son auténticos personajes de los cuales sé que voy a aprender muchísimo.

MI primera experiencia personal ha sido algo desastre. Aparte de proclamarme como el mas peque de todos, no estuve muy avispado en toda la tarde. Pero como disfrute cual niño ante su arduo trabajo de chuparse el pulgar con dedicación y empeño. Aquellos personajes salían de los libros que nunca llegue a leer, mágicos y enteros, carnosos y corpóreos. En las presentaciones en las que yo volví a cagarla con mi miedo escénico ya se notaba en ellos toda la autenticidad de sus vidas. Y que maestría, en efecto ahora hablo de la profe llenando mi sangre de información, autentica información valiosa. Corridas, amigos, corridas constantes y seguidas de autentico placer tantrico.

Mi mundo perfecto es una pecera sin aire acondicionado al fondo de la sección infantil, junto a los lavabos. Día bonito el de hoy. Después fui a lo que según ponen es un “recital de cuentos para adultos” donde yo entendí algo así como un recital de cuentos sobre temas complicados para los niños. Luego resulta que era un monologo que tampoco estuvo nada mal y bien mirado también son cuentos. Pero eso es detalle y dato chorrada sin importancia.

El concierto de mi amado Michael Stipe fue más intenso. Y ya lo llamo amado porque le rocé la camisa de rayas que tenia mientras pasaba y otras miles de manos intentaban tocarlo y de paso aplastarme cual cucaracha paseando por la 7ª Avenida de Nueva York, en Estados Unidos de América, planeta Tierra, todo recto y a la izquierda… ¡perdón! Quería decir derecha. Creo que tengo un hijo suyo dentro de mi, lo noté justo en ese orgasmo cuando me miró durante unos instantes y yo aproveche para hacerle una foto, la cual me salió artística. Yo llamo fotos artísticas a todas ellas donde se ven un montón de colores y borrones en movimiento que hago a propósito justo cinco minutos después de ver que me ha salido una mierda de foto. Pero para eso estaba Alexander con su mil veces mejor cámara (en realidad es envidia artística) y sus fotos poco artísticas, demasiado técnicas a mi gusto. Pero bueno, alguien tiene que plasmar la realidad de vez en cuando (demasiada envidia artística). 

No tengo muchas ganas de currarme esta entrada, así que os dejo con una foto artística por un lado y otra técnica y sin vida. A ver cual es cual. Si me da por subir los vídeos ya lo notaréis en alguna parte.

Termino haciendo alusión a J.B, nombre en clave de cierto personaje ficticio que muy pronto en este siglo podréis ver. O eso espero. Nacida en un bar de viejos sin nombre y forjada en un bar muy pijo-caro tomando un “Nevado” del que ni siquiera el camarero tenia constancia de su existencia y yo riendo hasta que me clavan los cuatro euros del Nevado. Cuando en realidad no tenia nieve ni nada, sino que era igual que un capuchino pero dentro de una copa. Y luego un zumo que invité a dos euros, un zumo de naranja normal, de la misma que hay por toda Murcia. Naranjas hasta hartar, dos euros. Y encima sin viejos para amenizar la velada. No voy a decir como se llama ese local de Harrow, pero es un timo.

Siento especial debilidad por los bares de viejos últimamente, con sus coloquios, su metafísica respirando por los cuatro costados y su sentido vulgar del existencialismo en contraposición a una vida de absurdos complicados que no son mucho mejores. A veces nos perdemos cosas tan simples, como los mejores lugares donde dejar el pollo para que no se nos ponga duro o como dar consejos a esposas ajenas de que aprieten más fuerte la próxima vez dios sabe qué, cuándo y dónde. Y saben perfectamente lo que tienen en el bar, hasta la ultima de las pulgas, y su precio exacto. Que además es barato y sabe igual.

Me llevo a la memoria un Starbucks. Eso tenía que haber puesto en el ejercicio del taller.

Me acuerdo de la luz que rayaba los cristales por la mañana temprano mientras tomaba un Frapuccino en un Starbucks sentado sobre el sofá. De caramelo y con nata, y que al decirle un nombre falso como es costumbre para avisarte cuando esté hecho el café, me dieron dos vueltas a la tortilla y de Cortázar que dije yo, me rebautizaron Constánzar. Aún me pregunto si el chaval tenia algún familiar de mismo nombre.

Pero no, las prisas me evocaron otros me acuerdos… aunque el de las palmeras y el llavero tampoco estaban tan mal.